Articulo día internacional del trabajo por Jorge Andrés Ortiz CEO Tri emprendedor

¿Qué celebraremos el Día del Trabajo en 2030?

Hay fechas que se vuelven paisaje. Las vemos pasar todos los años, las publicamos en redes, las convertimos en mensajes institucionales y, poco a poco, corremos el riesgo de olvidar por qué existen.

El Día del Trabajo no nació como una fecha decorativa. Nació de una tensión profunda entre productividad y dignidad. Su historia está conectada con las luchas obreras del siglo XIX, especialmente con los hechos de Chicago de 1886 y la posterior decisión de la Segunda Internacional, en 1889, de declarar el primero de mayo como una jornada de reivindicación de los trabajadores. No era una celebración cómoda. Era una pregunta incómoda para su época: ¿cuánto puede exigir una sociedad a las personas que la sostienen con su trabajo?

Esa pregunta sigue viva. Solo que hoy ya no se formula frente a una fábrica, una máquina de vapor o una jornada interminable de trabajo físico. Hoy se formula frente a una pantalla, un algoritmo, un asistente de inteligencia artificial, un robot de software, una plataforma que automatiza tareas y una economía que exige velocidad, eficiencia y resultados en niveles que antes parecían imposibles.

Pero antes de avanzar, creo que vale la pena volver a lo esencial: ¿qué significa trabajar?

Para mí, trabajar es un proceso de dignificación y de servicio. Es la manera en que una persona pone sus capacidades al servicio de otros. Es el medio a través del cual alguien sostiene a su familia, desarrolla su talento, construye identidad y aporta a la sociedad. Yo lo veo así: si no servimos a la sociedad, no somos dignos de pertenecer a ella.

Tal vez por eso el trabajo tiene una dimensión tan humana. No es solo ingreso. No es solo contrato. No es solo productividad. El trabajo también es pertenencia. Es poder decir: “yo aporto”, “yo construyo”, “yo soy útil”, “yo hago parte de algo”.

Esa dimensión humana del trabajo no es teoría para mí. Fue una de las razones que me llevó a fundar TRI en 2017, con recursos limitados, un computador portátil y ningún plan B. Desde el comienzo entendí que la tecnología en recursos humanos no podía quedarse en digitalizar procesos; tenía que ayudar a que las oportunidades fueran más visibles, más ágiles y más accesibles.

No lo cuento como una historia romántica de emprendimiento, porque emprender no tiene nada de romántico cuando toca pagar nómina, vender sin marca, resolver problemas que nadie ve y seguir adelante cuando las cosas no salen. Lo cuento porque, en el fondo, trabajar también es eso: tomar una decisión sobre el tipo de vida que uno quiere construir y sobre el impacto que quiere dejar.

En TRI, desde nuestra experiencia en tecnología para recursos humanos, vemos todos los meses algo que para mí es profundamente poderoso: más de ochenta mil personas demuestran su intención de trabajar, de proveer a su familia y de contribuir a la sociedad desempeñándose en un trabajo digno. Detrás de cada hoja de vida, de cada aplicación, de cada entrevista, hay una historia. Hay alguien buscando una oportunidad. Hay una familia esperando una respuesta. Hay una persona tratando de abrirse camino.

Por eso creo que hablar del futuro del trabajo no puede ser solamente hablar de eficiencia. Sería una mirada incompleta. El futuro del trabajo tiene que hablar también de dignidad, acceso, oportunidades, productividad, competitividad y propósito.

Y en ese punto aparece la inteligencia artificial.

La inteligencia artificial ya no es una promesa lejana. Ya no es un tema para laboratorios, películas futuristas o comités de innovación. Es una tecnología concreta, transversal y cada vez más poderosa que está cambiando la forma en que trabajamos, decidimos, vendemos, contratamos, aprendemos y competimos.

La Organización Internacional del Trabajo estimó en 2025 que una de cada cuatro personas trabajadoras en el mundo está en ocupaciones con algún nivel de exposición a la inteligencia artificial generativa. El mismo análisis plantea algo importante: por la necesidad de intervención humana, la mayoría de empleos no necesariamente desaparecerán de inmediato, sino que serán transformados.

Esa palabra, “transformados”, puede sonar tranquila. Pero no deberíamos suavizar demasiado la conversación.

La inteligencia artificial sí va a reemplazar trabajos. Ya lo está haciendo y lo va a seguir haciendo con aceleración y profundidad. Tareas que antes tomaban horas hoy toman minutos. Procesos que antes necesitaban equipos completos hoy pueden ser ejecutados por una persona con buenas herramientas. Actividades repetitivas, operativas, analíticas e incluso creativas están siendo reconfiguradas.

Pero aquí hay una verdad más incómoda: la inteligencia artificial no nos va a quitar el trabajo. Nos lo va a quitar una persona que use inteligencia artificial con mayor productividad, criterio estratégico, velocidad de ejecución y visión de futuro.

Esa frase puede sonar provocadora, pero creo que es necesaria. Porque el mayor riesgo no es que exista la tecnología. El mayor riesgo es quedarse mirando la tecnología desde la barrera, pensando que es una moda, mientras otros aprenden a usarla para multiplicar su capacidad.

Si un empresario todavía cree que la inteligencia artificial es una moda, está en un riesgo altísimo. No solo de quedarse atrás, sino de ser reemplazado por alguien que tenga conocimiento real, accionable y estratégico sobre cómo usarla. Y no hablo solo de saber escribir un buen prompt. Hablo de rediseñar procesos, repensar modelos de negocio, automatizar tareas, mejorar decisiones y crear nuevas formas de generar valor.

El Foro Económico Mundial, en su informe sobre el futuro del empleo 2025, plantea que entre 2025 y 2030 el mercado laboral estará impactado por grandes transformaciones tecnológicas, económicas, demográficas y ambientales. Su análisis recoge la perspectiva de más de mil empleadores que representan a más de catorce millones de trabajadores en cincuenta y cinco economías. No estamos hablando de una conversación marginal. Estamos hablando de una reconfiguración global del trabajo.

Ahora bien, sería ingenuo negar que muchas empresas están mirando la inteligencia artificial como una forma de reducir costos laborales. Eso va a pasar. De hecho, ya está pasando. Y cuando una empresa logra ser mucho más eficiente gracias a la IA, obliga a sus competidores a moverse. En mercados abiertos, la productividad presiona precios, eleva estándares y cambia industrias completas.

Esto puede sonar duro, pero también puede traer beneficios. Una economía más productiva puede generar productos y servicios de mejor calidad y menor costo. En teoría, eso debería traducirse en una calidad de vida superior para muchas personas. El problema es que esa transición no ocurre de forma automática ni ordenada. Hay personas que se adaptan rápido, empresas que avanzan, trabajadores que se rezagan, industrias que se transforman y gobiernos que casi siempre llegan tarde.

Por eso el reto no es frenar la inteligencia artificial. El reto es prepararnos para usarla mejor.

Microsoft habló recientemente de una “brecha de capacidad”: 53% de los líderes dice que la productividad debe aumentar, pero 80% de la fuerza laboral afirma no tener suficiente tiempo o energía para hacer su trabajo. Ese dato resume muy bien la tensión actual: las empresas necesitan más capacidad, pero las personas no pueden responder bajo las mismas reglas.

Ahí la inteligencia artificial puede ser una amenaza o una palanca. Puede convertirse en una herramienta para exigir resultados sin sentido, o en una forma de liberar tiempo, reducir fricción, automatizar lo repetitivo y permitir que las personas se concentren en decisiones, criterio, creatividad, relaciones y propósito.

La diferencia no está solo en la tecnología. Está en el liderazgo.

Gallup reportó en su informe global de 2026 que el engagement de los trabajadores cayó al 20% en 2025, su nivel más bajo desde 2020, con un costo estimado de diez billones de dólares en productividad perdida. Ese dato debería ponernos a pensar. No basta con tener herramientas, tableros, automatización e inteligencia artificial si las personas están desconectadas del sentido de su trabajo.

La inteligencia artificial puede automatizar tareas, pero no puede darle propósito a una organización. Puede analizar hojas de vida, pero no puede reemplazar la responsabilidad humana de abrir oportunidades justas. Puede hacer eficiente un proceso, pero no puede decidir por nosotros qué tipo de sociedad queremos construir.

Desde recursos humanos, esto es especialmente sensible. Porque cuando hablamos de selección, contratación y empleabilidad no estamos hablando únicamente de procesos. Estamos hablando de acceso al trabajo. Estamos hablando de decisiones que pueden cambiarle la vida a una persona.

Por eso creo que el futuro del trabajo nos exige una conversación menos superficial. No se trata de escoger entre personas o tecnología. Esa es una falsa dicotomía. Se trata de entender cómo usamos la tecnología para potenciar personas, empresas y sociedades.

También se trata de aceptar que el miedo existe.

Muchas personas sienten miedo frente a la inteligencia artificial. Y ese miedo no debería ser ridiculizado. El miedo es una emoción primaria, natural y desagradable, provocada por la percepción de una amenaza o peligro, sea real o imaginario, presente, futuro o incluso pasado. Pero también puede ser una palanca poderosa. Bien canalizado, el miedo acelera la toma de acción. Nos obliga a aprender. Nos saca de la comodidad. Nos empuja a movernos antes de que la realidad nos atropelle.

El problema no es sentir miedo. El problema es quedarse quieto.

A quienes sienten temor de perder su trabajo por la inteligencia artificial, les diría algo directo: no entreguen su futuro por no aprender. No esperen a que la empresa los capacite. No esperen a que el gobierno diseñe el programa perfecto. No esperen a que la universidad actualice el pensum. Empiecen. Prueben. Pregunten. Usen herramientas. Equivóquense. Aprendan a conversar con la inteligencia artificial como quien aprende un nuevo idioma laboral.

Y a los líderes empresariales les diría algo similar: no deleguen esta transformación en un área de innovación aislada. La inteligencia artificial no es un proyecto tecnológico; es una decisión estratégica. Tiene que tocar el modelo operativo, la cultura, la productividad, la experiencia del cliente, la forma de liderar y la manera en que se desarrolla el talento.

Incluso los grandes inversionistas están advirtiendo que usar la inteligencia artificial solo como excusa para recortar empleos puede generar rechazo y frenar su adopción. Nicolai Tangen, CEO del fondo soberano de Noruega, uno de los mayores inversionistas del mundo, pidió recientemente a las empresas usar la IA para elevar la productividad y beneficiar a la sociedad, no únicamente para reducir puestos de trabajo.

Esa reflexión es muy importante. Porque una cosa es hacer empresas eficientes y otra muy distinta es perder de vista que las empresas existen dentro de una sociedad. Y una sociedad sin oportunidades laborales, sin movilidad social y sin dignidad en el trabajo termina rompiéndose por dentro.

Por eso, en este Día del Trabajo, yo no quiero quedarme solo en la conmemoración histórica. Quiero pensar en la nueva conversación que tenemos por delante.

En el siglo XIX, la gran discusión fue la jornada laboral. En el siglo XX, fue la industrialización, los derechos laborales, la productividad masiva y la formalización. En el siglo XXI, la pregunta será cómo convivimos con tecnologías capaces de pensar, decidir, crear, automatizar y aprender a una velocidad que ninguna generación anterior había enfrentado.

Y ahí vuelvo a mi propia historia.

Cuando fundé TRI, no tenía grandes recursos. Tenía una convicción: había que hacer que las cosas pasaran. Hoy sigo creyendo lo mismo, pero también creo que esa idea necesita evolucionar. Hacer que las cosas pasen ya no es suficiente. En esta nueva etapa, el verdadero reto es hacer que pasen con propósito: que la inteligencia artificial no solo haga empresas más eficientes, sino personas y sociedades más orientadas al servicio, la colaboración y la construcción de comunidades más prósperas.

Esa convicción resume mucho de lo que siento frente al trabajo, la tecnología y el futuro. No podemos construir empresas pequeñas en ambición cuando los problemas son gigantes. Tampoco podemos hablar de transformación digital si esa transformación no mejora, de alguna manera, la vida de las personas. La inteligencia artificial no debería usarse solo para hacer más rápido lo mismo de siempre; deberíamos usarla para imaginar mejores procesos, empresas más competitivas y oportunidades más amplias.

El trabajo digno seguirá siendo una de las grandes columnas de la sociedad. Lo que va a cambiar es la forma de acceder a él, de ejercerlo, de medirlo y de potenciarlo.

En 2030, el Día del Trabajo probablemente no se parecerá al de hoy. Algunos cargos habrán desaparecido; otros, que hoy apenas imaginamos, serán protagonistas. Trabajaremos acompañados por agentes de inteligencia artificial, robots de software, asistentes autónomos y plataformas capaces de tomar decisiones en segundos. Incluso es posible que un robot nos sirva el cafecito de la tarde mientras hablamos de productividad, propósito y futuro.

Pero la pregunta de fondo no será si los robots también trabajan.

La pregunta será si nosotros, como personas, empresarios y sociedad, fuimos capaces de reinventar el trabajo sin perder su esencia: dignificar la vida, servir a los demás y construir un futuro donde la tecnología no nos haga menos humanos, sino más capaces de hacer que las cosas pasen.

Escrito por: Jorge Andrés Ortiz, Fundador y CEO de TRI Digital.



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